Editorial
Un cuarto de siglo y las manos en el timón
Un cuarto de siglo. A la luz de la eternidad, todo tiempo es pequeño. A la luz de la historia humana, 25 años son muchos años. Si han sido vividos intensamente, sin reservas, dándolo todo, pueden dejar huellas profundas, recuerdos intensos, experiencias inolvidables. Pueden significar un cambio epocal, un hito en la historia humana.
Desde el 16 de octubre de 1978 el mundo ha presenciado fenómenos imprevisibles, cambios para el bien y para el mal. Guerras y acuerdos de paz, crisis económicas y desarrollo, hambres y exceso de comida, enfrentamientos ideológicos y confrontación serena de posturas y opiniones diferentes, descubrimientos científicos y nuevas epidemias, y el sorprendente colapso del sistema comunista en muchos países inmovilizados bajo un sistema opresor e inhumano.
Mientras los acontecimientos se sucedían unos a otros, el faro de Roma brillaba con especial intensidad. Desde la Ciudad Santa, el Sucesor de Pedro acompañaba a los hombres, a todo hombre y a cada hombre, en su caminar hacia Dios.
Karol Wojtyla venía de lejos: Ab Oriente lux. Venía de lejos, pero había vivido siempre en el corazón de la Iglesia: en la Eucaristía y desde ella no hay distancias que separen a los creyentes. El sucesor número 263 de san Pedro tomó un nombre que quiso evocar a los dos grandes papas del Concilio Vaticano II, y a su inmediato predecesor en la Cátedra de Pedro. Desde entonces es Juan Pablo II.
Juan Pablo II, un nombre que se ha hecho popular, un rostro que ha sido visto por casi todos los hombres y mujeres de la tierra, unos pies que han dejado huella en todos los continentes, aunque todavía no en todas las naciones, unas manos que han saludado y han bendecido a millones de hermanos en la fe o en la naturaleza humana.
Lleva un cuarto de siglo en la Cátedra de Pedro. En estos años no ha dejado de enseñar, de gritar, que la salvación y la vida se encuentran sólo en Cristo, el único, el verdadero Redentor del hombre: “La única orientación del espíritu, la única dirección del entendimiento, de la voluntad y del corazón es para nosotros ésta: hacia Cristo, Redentor del hombre, hacia Cristo, Redentor del mundo” (Redemptor hominis n. 19).
Su primera encíclica, Redemptor hominis, fue un canto a la esperanza. Nos presentó una verdad imperecedera: el amor de Dios a todos los hombres, a cada hombre. Nos invitó a vivir en plenitud la propia condición humana. “El hombre no puede vivir sin amor. Permanece para sí mismo un ser incomprensible, su vida está privada de sentido si no se le revela el amor, si no se encuentra con el amor, si no lo experimenta y lo hace propio, si no participa en él vivamente. Por esto precisamente, Cristo Redentor, como se ha dicho anteriormente, revela plenamente el hombre al mismo hombre. Tal es -si se puede expresar así- la dimensión humana del misterio de la Redención. En esta dimensión el hombre vuelve a encontrar la grandeza, la dignidad y el valor propios de su humanidad. En el misterio de la Redención el hombre es ‘confirmado’ y en cierto modo es nuevamente creado. ¡Es creado de nuevo!” (Redemptor hominis n. 10).
Cristo, solamente Cristo, revela el hombre al hombre. Lo recordó el Vaticano II en la constitución pastoral Gaudium et spes n. 22. Lo repite con pasión Juan Pablo II de mil maneras, a auditorios diferentes e idénticos –todos somos obra de las manos de Dios, todos somos hermanos en la vocación al amor–. Por eso el camino de su Pontificado no ha podido ser otro que el camino de la Iglesia, que es el camino del mismo hombre (cf. Redemptor hominis n. 14; Salvifici doloris n. 3; Dominum et vivificantem nn. 58-59, 67; Christifideles laici nn. 36, 53; Centessimus annus n. 53).
El hombre, camino de la Iglesia, camino de Juan Pablo II, camino del amor de Dios. El hombre es la “única creatura en la tierra a la que Dios ha amado por sí misma”, como recuerda Gaudium et spes n. 24, otro texto querido y citado por frecuencia por el Papa Wojtyla. El hombre, camino de la Iglesia, y Dios, misión y destino de la misma Iglesia y del hombre.
¿Cómo se ha manifestado el amor de Dios a los hombres en estos 25 años del pontificado de Juan Pablo II? Con un sinfín de formas. Resulta imposible evocarlas todas. Quizá incluso las más importantes, las que han llegado a corazones concretos, las conoceremos sólo el día en que seamos acogidos en la casa del Padre.
Miramos, en perspectiva, 25 años. Destacan en seguida los viajes apostólicos de Juan Pablo II. Había que llevar el Evangelio a todos los rincones, sin importar distancias, peligros o críticas malévolas. Desde el primer viaje internacional, que condujo a Juan Pablo II a Santo Domingo, México y las Bahamas (enero-febrero 1979, con motivo de la tercera conferencia general del episcopado latinoamericano en Puebla) hasta los viajes del año 2003 (España, Croacia, Bosnia y Eslovaquia), 102 periplos internacionales han permitido que se estableciese una sintonía de corazones entre el Papa y decenas de millones de creyentes y de hombres de buena voluntad. Casi todos los pueblos (ha visitado más de 130 países), de un modo o de otro, han podido escuchar su palabra, ver su figura, sentir el fuego del corazón de un obispo que quería predicar, incansablemente, a Cristo. Peregrinar por todos los rincones de la tierra no ha sido para Juan Pablo II algo opcional, menos todavía un afán de protagonismo; ha sido, más bien, un modo eficaz de realizar su misión petrina de confirmar a los hermanos en la fe, y de difundir esa fe entre quienes todavía no la han recibido.
Igualmente, Juan Pablo II ha hecho un especial esfuerzo por acercar el Evangelio a los jóvenes. En su primer Angelus, el 22 de octubre de 1978, decía a los jóvenes que eran el futuro de la humanidad, la esperanza de la Iglesia, “mi esperanza”. La institución de la Jornadas Mundiales de la Juventud en 1986 (después de los encuentros con jóvenes en los dos años precedentes) inició una relación profunda y cordial que dejó una huella imborrable en la juventud de todo el planeta. El jubileo de los jóvenes del año 2000 mostró hasta qué punto existe un vínculo profundo, basado en la misma fe en Cristo, entre quienes empiezan a vivir y el anciano obispo de Roma, que mantiene fresca y vigorosa su ilusión por encender fuego en la tierra.
Otra forma de servicio eclesial ha sido la enseñanza magisterial: nos deja 14 encíclicas y numerosas exhortaciones apostólicas, cartas, discursos y otros documentos de diversa índole. Juan Pablo II ha querido, por medio de la palabra, explicar, presentar y aplicar el Concilio Vaticano II para que la Iglesia penetre, con nueva esperanza, en el tercer milenio de la era cristiana, desde un compromiso sincero por promover la civilización de la justicia, de la paz y del amor.
En ese sentido, el año 2000 significó un momento especialmente intenso del actual pontificado. La encíclica Redemptor hominis interpretó la situación de la Iglesia “al final del segundo milenio”. Pronto se hizo necesaria una profunda preparación para cruzar el umbral del nuevo milenio cristiano. El Año santo de la Redención (1983-1984) y el Año mariano (1987-1988) fueron etapas importantes en el camino, así como la carta apostólica Tertio millennio adveniente (1994) y el trienio de preparación inmediata al gran jubileo del 2000 (1997-1999). Iniciado el nuevo milenio cristiano, cuando se cerraba la Puerta Santa el 6 de enero de 2001, el Papa señaló en la carta apostólica Novo millennio ineunte los retos y los compromisos que interpelaban a la Iglesia. Como colofón de las celebraciones jubilares, Juan Pablo II puso ante nuestros ojos el papel de María en el proyecto salvífico de Dios, por medio de un Año del rosario (2002-2003) con el que nos ha invitado a valorar y renovar una devoción mariana de especial raigambre cristológica. Se hizo así patente, una vez más, el amor de Juan Pablo II hacia la Madre del Redentor, por lo mucho que Ella ha alcanzado de Dios en estos 25 años de pontificado y a lo largo de los dos milenios de la era cristiana.
No podemos no evocar el diálogo ecuménico e interreligioso de este pontificado. Los encuentros de oración por la paz en Asís (1986, 1993 y 2002), así como los gestos de humildad y de afecto cristiano hacia las iglesias de Oriente y las comunidades eclesiales nacidas de la Reforma, nos muestran hasta qué punto el Papado es un servicio sincero y fraterno a la unidad en el máximo respeto a la verdad del Evangelio y a la dignidad de cada ser humano. El diálogo intereclesial e interreligioso es un camino sin retorno para los cristianos, por los que el Papa y la Iglesia avanzan lentamente, pero sin pausa.
Juan Pablo II ha sido el Papa de las beatificaciones y canonizaciones: hasta octubre de 2003 fueron declarados 1325 beatos y 477 santos. La última ceremonia, la beatificación de Madre Teresa de Calcuta, fue un canto al amor de Dios y un día de fiesta para millones de personas de todo el mundo. De modo especial, el Papa ha subrayado el testimonio dejado por los mártires, miles de hombres y de mujeres que han mantenido su fidelidad a Cristo en medio de situaciones de dolor, de incomprensión y de persecución moral o física. Es un modo de agradecer a Dios las maravillas de gracia que él realiza en los hombres y mujeres que se le prestan.
Ha sido, también, el Papa de la vida, defensor de cada ser humano que viese amenazada su integridad y sus derechos, sea por medio de ideologías totalitarias, sea a través de un individualismo exagerado que ha promovido una cultura favorable al aborto, la anticoncepción, el recurso a técnicas inmorales e injustas de reproducción artificial, o la eutanasia. Para promover la vida ha creado la Pontificia Academia por la vida (1994), y ha publicado una encíclica, Evangelium vitae (1995), que dejará una huella profunda en la historia humana por su universalidad: el valor de la vida afecta a toda la humanidad en sus mismas raíces.
Ha sido el Papa de la familia, de los niños y los ancianos, de los enfermos y de los pobres, de quienes sufren algún tipo de marginación y de quienes suplican el don de la paz y la justicia. Todos podían acercarse a él, comunicar con sus ojos, tocar la orla de su sotana blanca, percibir su cariño especial por los más necesitados. Los inválidos y enfermos han ocupado siempre un lugar preeminente en las audiencias con Juan Pablo II. Ahora también les ofrece su cercanía de enfermo entre los enfermos, su testimonio de cómo vivir humanamente y cristianamente la experiencia del dolor unido a la Cruz y a la Resurrección de Cristo.
Ha sido el Papa de la mujer, de la que ha exaltado su particular papel en la Iglesia, en la familia y en la sociedad, en medio de un mundo que no llega a comprender la belleza femenina, belleza comprensible plenamente sólo desde un auténtico espíritu de donación y de entrega. La carta apostólica Mulieris dignitatem (1988) y la Carta a las mujeres (1995) quedarán en la historia como dos documentos fundamentales para la promoción de un feminismo auténticamente cristiano, que no duda en reconocer el papel del “genio femenino” en el seno de la Iglesia.
Ha sido el Papa del trabajo y la justicia. Han sido tres las encíclicas dedicadas a los temas sociales: Laborem exercens (1981), Sollicitudo rei socialis (1987) y Centesimus annus (1991). Con ellas imprimió un renovado vigor a la doctrina social de la Iglesia, a la solicitud por el mundo de los obreros y empleados de todo el mundo, llamado a recibir una luz intensa del amor de Dios manifestado en Cristo Jesús, el hijo del carpintero. En ellas vibra la cercanía de un Papa hermano, que pasó en su juventud por la experiencia del trabajo exigente y sufrido del obrero.
Ha sido el Papa del Espíritu Santo y de la renovación eclesial. Por lo mismo, no ha dudado en estudiar, acoger y lanzar aquellos nuevos carismas, presentes en tantos movimientos y realidades eclesiales, que el Espíritu suscitaba entre laicos y sacerdotes para vivir en profundidad, con entusiasmo y sentido misionero, la vocación a la santidad a la que todos estamos llamados desde la inserción con Cristo a partir del día venturoso de nuestro bautismo. Realmente el Espíritu Santo es Señor y Dador de la vida (Dominum et vivificantem es el título de la encíclica que Juan Pablo II dedicó a la Tercera Persona de la Trinidad) a la Iglesia y al mundo.
Ha sido el Papa promotor de la cultura, sea como pensador, sea como impulsor de la misma mediante el Pontificio Consejo de la Cultura instituido por él en 1982. Ha sido el Papa defensor de la fe y de la razón y de la unión entre ambas (en la magnífica encíclica Fides et ratio, 1998), promotor de la auténtica teología moral (desde las profundas observaciones de la encíclica Veritatis splendor, 1993) y del humanismo más genuino, aquel que se basa en una sólida metafísica y en una fe profunda. Sólo Cristo, volvemos a repetirlo, revela plenamente el hombre al hombre. También cuando llega el momento del dolor, tan temido por el mundo contemporáneo y, sin embargo, tan rico en significados para el creyente, también para un Juan Pablo II que no ha ocultado sus sufrimientos y su cansancio. Vive ahora, como un icono viviente, lo que había escrito en los momentos de su vigor físico en la carta apostólica Salvifici doloris (1984).
No podemos olvidar, por último, que el Sucesor de Pedro es obispo de Roma. Juan Pablo II se ha entregado a su diócesis con todo el corazón. Ha podido visitar más de 300 parroquias, se ha encontrado cada año con los párrocos de su ciudad, ha promovido y acompañado un Sínodo diocesano (1986-1993) y una gran misión ciudadana iniciada el año 1996. Y, siempre en Roma, ha recibido en más de 1100 audiencias públicas de los miércoles, a más de 17 millones de católicos de la ciudad y del mundo, peregrinos que querían escuchar la voz de su Pastor. Se ha hecho romano con los romanos para predicarles el evangelio de Dios y conquistarlos para Cristo.
Hemos trazado algunas pinceladas, y el cuadro parece todavía muy pobre, incompleto, apenas esbozado. Habría que recordar también ese trabajo oculto, sencillo, diario, de la curia romana; las reuniones con los prefectos de Congregaciones y presidentes de Consejos, los encuentros de trabajo con los cardenales, especialmente en distintos consistorios, y con los distintos grupos de obispos de todas las naciones, durante las visitas “ad limina apostolorum” o en los sínodos ordinarios y extraordinarios; los nombramientos episcopales para proveer al buen gobierno pastoral de las diócesis del mundo; la conclusión de los trabajos del Código de Derecho Canónico (1983) y del Código para las Iglesias Orientales (1990) y la idea de elaborar un Catecismo de la Iglesia Católica (publicado en 1992), y un compendio de catecismo que actualmente está en fase de preparación.
Un cuarto de siglo. La enfermedad y el sufrimiento no han doblegado el corazón de un obispo, el Siervo de los Siervos de Dios, de 83 años. Continúa, con su cuerpo encorvado, allí donde la Providencia lo ha destinado. Sus manos tiemblan ante el timón, mientras la nave, en medio de tormentas, sigue su travesía por el mar de la historia de la Iglesia y del mundo.
Su oración, sin embargo, está llena de confianza. La dijo en voz alta, en la misa celebrada en la plaza de San Pedro este 16 de octubre, para dar gracias por los 25 años de pontificado.
«A ti, Señor Jesucristo,
único Pastor de la Iglesia,
ofrezco los frutos de estos veinticinco años de ministerio
al servicio del pueblo que me has confiado.
Perdona el mal realizado y multiplica el bien:
todo es obra tuya y a ti solo se debe la gloria.
Con plena confianza en tu misericordia,
te presento hoy una vez más a quienes confiaste hace años
a mi atención pastoral.
Consérvalos en el amor, reúnelos en tu grey,
carga en tus espaldas a los débiles,
cura a los heridos, cuida a los fuertes.
Sé su Pastor, para que no se pierdan.
Protege la querida Iglesia que está en Roma
y a las Iglesias de todo el mundo.
Asiste con la luz y la potencia de tu Espíritu
a quienes has puesto al mando de tu grey:
que cumplan con empuje su misión de guías,
maestros, santificadores,
en la espera de tu retorno glorioso.
Te renuevo, por intercesión de María, Madre amada,
el don de mí mismo, del presente y del futuro:
que todo se cumpla según tu voluntad,
Pastor supremo, quédate entre nosotros,
para que podamos avanzar contigo seguros
hacia la casa del Padre, hacia la casa del Padre.
Amén».
Llegará el día en que, desatadas las sandalias, partirá a la casa del Padre. Dios sabe cómo y cuándo. Mientras, desde lo más profundo de nuestro ser, los católicos de todo el mundo felicitamos a Su Santidad, nuestro amadísimo Papa Juan Pablo. Le deseamos, de corazón, que la paz de Cristo siga en su mirada y llegue, como el día de la primera Pascua, a todos los hombres y mujeres que hemos iniciado, con su ayuda y su esperanza, a caminar por el mundo en este nuevo milenio cristiano.
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